Tag Archives: Alberto Romero

Frente a los fundamentalismos, construyamos una hegemonía de pensamiento liberador.  

30 Jul

11760221_897600840305630_3523093796274938682_n

Ponencia presentada en los Diálogos Culturales de Invierno 2015

Alberto Romero de Urbiztondo

Movimiento por una Cultura Laica

Como expresaba Lorena Peña, Secretaria de Cultura del FMLN, en el lanzamiento de estos Dialogos Culturales de Invierno la transformación del país requiere una lucha constante contra el pensamiento hegemónico neoliberal… pues para  poder superarlo, no solo es necesario las transformaciones económicas, sino también las transformaciones culturales” que permitan vencer la hegemonía ideológica del capital que se expresa a través de las diversas formas del fundamentalismo.

Voy a intentar compartir algunas reflexiones sobre ciertas manifestaciones del pensamiento fundamentalista y su papel como legitimadoras de la hegemonía dominante neoliberal y conservadora. Lo voy a hacer desde los aprendizajes tenidos, al participar en dos espacios de activismo social, por una parte  junto a defensoras de los derechos sexuales y reproductivos y por otra en el esfuerzo de contribuir a recuperar el carácter laico del estado salvadoreño.

Como ya se ha señalado en estos mismos Diálogos, estamos viviendo todavía en el ciclo que inicia con la caída del muro de Berlín y de los gobiernos del llamado socialismo real. Con ellos se derrumbaron los paradigmas y utopías construidas hace más de 150 años para interpretar el mundo y proponer propuestas de transformación social. En la noche del 10 de noviembre de 1989, la caída del muro de Berlín fue la escenificación, no solo del fin de un modelo de sociedad que se venía construyendo desde la Revolución de Octubre de 1917, sino un golpe a la utopía y los imaginarios que habían alimentado a muchos movimientos sociales y revolucionarios. Y en el estupor y el desconcierto generado por estos hechos, el pensamiento conservador encontró en Francis Fukuyama, al teórico que dio una interpretación legitimadora del  triunfo del capitalismo, afirmando que había concluido la lucha entre ideologías, que era el “fin de la historia”. Las utopías habían fracasado y ahora iniciaba el “único mundo real posible”,  basado en la economía de libre mercado y la democracia liberal, donde las ideologías ya no son necesarias porque se ha impuesto un pensamiento único.

Esta ideología se ha convertido en el pensamiento hegemónico que ha ido permeando el imaginario de las grandes mayorías de nuestras sociedades, convirtiéndose en legitimadora del modelo neoliberal imperante. Ante la crisis de las utopías sociales que fueron el motor de las luchas reivindicativas y políticas de mitad del siglo XIX y todo el  siglo XX, el capitalismo ha encontrado un camino fácil de penetración ideológica y en estos tiempos de colapso civilizatorio, los pensamientos fundamentalistas han invadido el imaginario social.

Las utopías de las que bebimos la izquierda y los movimientos defensores de libertad, justicia y equidad fueron modelos de organización social, racionalmente elaborados, que aunque parecían irrealizables en el momento que fueron concebidos, generaron ideologías movilizadoras para modificar la realidad y construir sociedades en las que la vida humana tuviera un sentido y se lograra alcanzar la felicidad en un mundo mejor y más justo. Pero la crisis de los países donde se habían empezado a construir, generó un vacío ideológico, que diversas concepciones fundamentalistas están llenado, con explicaciones totalizadoras, basada en la salvación individual, frente a los proyecto socializadores y colectivistas.

Tal como decía hace unos días Carlos Molina en esta misma Universidad (Ponencia leída en la VII Cátedra Simón Bolívar de El Salvador, el 13 de julio de 2015, en la Universidad de El Salvador) el fundamentalismo capitalista se deriva de un único principio, la ley del valor del mercado capitalista, la cual se erige en el único criterio de discernimiento de toda ley, toda norma y todo valor.

A partir de este concepto que se presenta como “objetivo”, “incuestionable”, “eterno y no modificable”, se entierran principios y derechos construidos durante más de un siglo de lucha de trabajadores y trabajadoras en la defensa de los derechos laborales a un salario justo e igual entre mujeres y hombres, estabilidad laboral, un horario que deje tiempo para la vida,  la negociación colectiva como principio de solidaridad para velar por los derechos de todos y todas. Frente a ello se impone la precariedad laboral, contratos temporales, un desempleo masivo que promueve la defensa individual del puesto de trabajo viendo al resto de trabajadores como competidores y como enemigos. Razón por la que no es de extrañar que solo sobrevivan sindicatos en las instituciones estatales, donde todavía se garantizan algunos derechos laborales, ya  es el Estado, es decir toda la ciudadanía, quien debe asumir los costos de garantizar estos derechos. Pero en la empresa privada, fabricas, bancos, centros comerciales, donde las demandas laborales se deben de hacer directamente al capital, los sindicatos prácticamente han desaparecido.

Ante el desempleo masivo, el derecho humano al trabajo, ha sido sustituido por el “emprendedurismo”, como la alternativa mágica que resolverá la necesidad de ingresos económicos de la mayoría de la población. Lo que popularmente llamamos “rebuscarse” se ha convertido en una categoría “moderna” y “técnica”, que suprime la responsabilidad del Estado y de la sociedad en garantizar el derecho al trabajo de toda la ciudadanía y a cambio propone que cada individuo sea el responsable, con su ingenio, iniciativa  y capacidad emprendedora de generar sus propios ingresos. Se le propone que sin capital, ni redes de suministro y comercialización, o tal vez con la pequeña y temporal ayuda de alguna ONG o Proyecto estatal, incursione en el mercado y con sus productos artesanales o prestación de servicios genere los ingresos necesarios para vivir él y su familia. Si no lo logra no es responsabilidad del Estado, y debe de afrontar solo su fracaso, del que se le dice es el único responsable.

Estas son las verdades absolutas, vencedoras, inamovibles, que se presentan a nuestra sociedad como interpretación de la realidad económica, construyendo un mundo de valores y de expectativas de vida que conforman la ideología hegemónica que se extiende en una gran mayoría de nuestra población que debe de  luchar por su supervivencia economía, pero que recibe el mensaje de “vivir es consumir”, haciéndole creer que al poder pasear por un Centro Comercial, ya participa en el acceso a todos los bienes que le ofrece la sociedad de consumo. Ante estos mensajes  no es de extrañar que se generen comportamientos, individualista y competitivos para intentar acceder a esta sociedad de consumo. O por el contrario se interiorice la incapacidad de acceder a este mundo, asumiendo que uno mismo es el responsable por su incapacidad para competir, generando una actitud de sumisión y derrota, tan útil para el sistema neoliberal.   Y por último,   los que se sienten excluidos y expulsados del sistema, desarrollan alternativas que rompen con esta lógica, llevando a muchos jóvenes a   buscar  en el viaje al Norte, sin garantías migratorias, la posibilidad de acceder a la generación de ingresos,  teniendo que  renunciar  a sus derecho  laborales, debiendo integrarse, si logran llegar a USA, en una contratación desregularizada y semiclandestina. Otros jóvenes, ante la frustración que les genera ser conscientes de que nunca lograran acceder a esa sociedad de consumo, buscan en la “mara” la herramienta para  retar a la sociedad, para arrebatarle por la fuerza lo que piensan que nunca podrán logar con un trabajo digno.

Este fundamentalismo económico, nos presenta la gestión privada como el paradigma de la eficiencia, legitimando la privatización de los servicios de salud, educación y pensiones, vinculando su acceso a la capacidad de pago individual, queriendo que renunciemos al carácter universal y solidario de los servicios públicos garantizados por el Estado. Se oponen a políticas fiscales progresivas en las que los que más ganan aporten más, proveyendo de fondos al Estado para que de servicios universales de calidad. Por otra parte promueve la integración al mercado global, como la única forma de desarrollo posible, pretendiendo que en base a las leyes del mercado, renunciemos al control sobre los bienes públicos como el agua o el medio ambiente y a la gestión de nuestra soberanía alimentaria.

El fundamentalismo económico se convierte en una herramienta de construcción ideológica, que permite al capital ejercer hegemonía sobre los sectores subalternos, haciendo que asumamos como propios e inmutables los principios y valores del capital neoliberal. A pesar de la crisis financiera generada en Wall Street con el desplome de las hipotecas y la quiebra del Banco Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, que mostró la total falsedad de los principios que sustentan el fundamentalismo financiero, este ha logrado mantener su hegemonía ideológica como el único modelo económico posible.

Pero la hegemonía del capital se ejerce también a través de otros ámbitos, en los que difunde su ideología conservadora para promover la sumisión, en especial oponiéndose a la lucha de las mujeres contra el patriarcado y por la defensa de los derechos sexuales y los derechos reproductivos. Para ello genera alianzas con corrientes fundamentalistas religiosas.

Históricamente las religiones han sido elementos cohesionadores de diversas sociedades, dándoles un marco de pertenencia y una cosmovisión y normas de comportamiento aceptadas y compartidas por toda la comunidad. Eran producto de la aceptación mayoritaria de la sociedad  o de la imposición por un grupo que después de ejercer el dominio político, propagaba sus creencias religiosas imponiendo también el dominio ideológico y la legitimación. En nuestra América, si bien el proceso colonizador fue fundamentalmente de dominación militar y apropiación económica, buscó construir hegemonía ideológica imponiendo las herramientas superestructurales del imperio colonizador: el idioma, la religión y la forma de gobierno, destruyendo y persiguiendo las de los pueblos originarios.

Sin embargo en los Estados modernos la religión y el Estado empiezan a establecer formas diferentes de relación. Durante el siglo XVIII y XIX se desarrolló en Europa el proceso que conocemos como “Modernidad” o “Ilustración”, es decir el movimiento cultural, científico, político y de reconocimiento de la libertad de pensamiento que Kant definió con su lapidaria frase de “atrévete a pensar” y que condujo a muchos pueblos a pasar de ser súbditos a declarase ciudadanos, por lo que se  pensó que con los avances del conocimiento científico que propició, el auge del racionalismo como método de conocimiento, la defensa de la libertad de pensamiento y la conformación de estados laicos donde se garantiza la autonomía del Estado respecto a las iglesias en la definición de las políticas públicas, el pensamiento religioso iría perdiendo influencia en la sociedad y en la vida de las personas. Si bien este fue el comportamiento sociológico durante casi todo el siglo XX, a partir del inicio de la década de los años 90, se ha dado un incremento del regreso a las creencias religiosas de amplios sectores de la sociedad.

Se dan diversas explicaciones sobre este retorno a la religiosidad. Por una parte ya señalábamos como la crisis de los países del socialismo real llevo a un vacío de paradigmas y a una incertidumbre generalizada, generando una crisis de creencias al disolverse las certidumbres que sustentaban la sociedad, provocando que individuos y sociedades se sientan desorientadas. Una sociedad cada vez más globalizada, donde el individuo se siente aislado, que no garantiza necesidades básicas de la ciudadanía, pero que se presenta como la única sociedad posible y sin la esperanza de poder cambiarla puesto que el modelo utópico se asume fracasado. En este marco de incertidumbre, mujeres y hombres buscan un marco de referencia que les ofrezca la comprensión de la realidad que están viviendo y una oferta de salvación individual. Esta crisis de paradigmas ha facilitado el resurgimiento de corrientes de pensamiento religioso que habían nacido a finales del siglo XVII, en una situación de crisis similar y como reacción ante el auge y la expansión por el mundo del pensamiento racionalista occidental y la modernidad, que desarrollaron estados muy estructurados  cada vez con más competencias en la vida de los ciudadanos, con gobernantes que definían sus políticas en base al racionalismo ilustrado, donde se valoraba el conocimiento racional y científico sobre los saberes tradicionales y en los que  la interpretación de los fenómenos económicos, sociales y culturales, resultaba compleja e inaccesible para muchas personas y su vida cada vez estaba más determinada por factores y poderes lejanos de lo local. Para llenar este vacío se desarrollaron dos corrientes religiosas: el Fundamentalismo que realizó estudios con el objetivo de probar que los acontecimientos que narra la Biblia son verídicos y a partir de esa afirmación legitimar la veracidad de todo su contenido y de esa forma exigir que sean el fundamento para el gobierno de los países. Por otro lado los movimientos carismáticos que promueven la experiencia religiosa personal, mística y emocional, la salvación individual, el protagonismo, la recompensa en la tierra.

En el proceso de resurgimiento religioso que vive El Salvador, especialmente  después de los Acuerdos de Paz, se da un fuerte crecimiento de las corrientes religiosas fundamentalistas, pentecostales y neopentecostales portadoras de valores fuertemente conservadores. Frente al compromiso social de construir el reino de Dios en la tierra que tuvieron los movimientos vinculados a la teología de la liberación, promoviendo un fuerte compromiso de los creyentes con la transformación de la sociedad, las nuevas corrientes religiosas en auge, promueven un concepto de la salvación individual, no basada en el compromiso con el resto de la sociedad, sino en la relación personal con la divinidad, lo que genera un debilitamiento del compromiso social y ciudadano. A ello se suma la creencia en que fin del mundo está cercano  y en el providencialismo, es decir la implicación directa de la divinidad en todos los acontecimientos que ocurren en el mundo, por lo que carece de sentido el compromiso de los creyentes con la política y los cambios sociales. Un componente también presente es el pensamiento patriarcal que relega a la mujer a un papel subordinado, ejerciendo  control sobre su cuerpo, su sexualidad y capacidad reproductiva.

El patriarcado, ha utilizado tradicionalmente la manipulación de la religiosidad de la población, para imponer normas y códigos morales controladores de la sexualidad humana, asignando a la mujer un destino ligado únicamente a la maternidad. Por ello, han considerado una amenaza a sus mecanismos ideológicos y sociales de control, el reconocimiento de derechos alcanzado por el movimiento feminista y de mujeres, desde hace 20 años en la Conferencia Internacional de El Cairo sobre la Población y en la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing, que sentaron las bases para la definición de los derechos sexuales y los derechos reproductivos.  Esto explica que las mayores resistencias para el avance de estos derechos y su garantía a través de leyes y políticas públicas, la encontramos  entre algunas jerarquías eclesiásticas, que presentan estos derechos como si fueran un ataque a las creencias religiosas, y con el argumento de defenderlas, han generado una rearticulación del activismo religioso que, sin abandonar formas tradicionales de influencia, ha desarrollado nuevas estrategias de incidencia que es importante conocer, para poder neutralizarlas.

Para ello debemos de tener en cuenta la fuerte presencia de la religiosidad en El Salvador. La mitad de la población (50.4 %) se considera católica romana, el 38.2 % evangélica, un 2.50 % dice pertenecer a otras religiones y el 8.9 % afirma no tener ninguna religión. Sin embargo esta religiosidad es más acentuada en las mujeres, ya que mientras el 13.10 % de hombres dice no tener adscripción religiosa, solo el  5.50 % de mujeres asumen no ser religiosas. Esto nos revela la existencia de una amplia pluralidad de pensamiento y creencias en nuestro país.

Esta pluralidad está garantizada por la Constitución salvadoreña que contempla todas las características propias de un Estado laico: el respeto a la libertad de conciencia y creencias así como  su práctica individual y colectiva, la autonomía de lo político y de la sociedad civil frente a las normas religiosas y filosóficas particulares y por último la no discriminación directa o indirecta hacia seres humanos por sus creencias o convicciones o por sus opciones y comportamientos afectivos, sexuales y reproductivos. Sin embargo los diversos órganos del Estado y la clase política se sienten  fuertemente coaccionados por el tutelaje y hegemonía ideológica que ejercen algunas de las jerarquías religiosas más prominentes. Persiste una gran  influencia de la Iglesia Católica, que mantiene una importante implantación en el país y una fuerte jerarquización, como herencia de su  pasado colonial. De igual forma hay  un auge creciente de las iglesias evangélicas, que si bien tienen menos incidencia institucional, por su gran diversidad y no disponer de estructuras tan jerarquizadas, ejercen una gran influencia social en sectores populares y clases medias, a través de su amplia red de centros de oración.

En este marco, de amplia y plural religiosidad y aprovechando el débil  carácter laico del Estado,  las instituciones religiosas son  las principales sostenedoras del patriarcado y la heteronormatividad, manteniendo  su doble rol de agentes de socialización y actores políticos. A la vez que no renuncian y conservan los privilegios que tienen como institución religiosa, reclaman y ejercen su derecho, por otra parte legítimo, a ser parte de la sociedad civil, participando activamente en el debate político público para la conformación de leyes y definición de políticas públicas y haciendo uso de los mecanismos que el Estado democrático proporciona. Por ello hemos visto como se ha desarrollado una progresiva “ONGización” de lo religioso en la oposición a las políticas de género y a los derechos sexuales y reproductivos.

Asistimos a lo que se ha dado en llamar  secularismo estratégico, es decir la defensa de principios y normas de origen religioso a partir de estructuras ciudadanas y con argumentación explícitamente no religiosa. El discurso de los activistas religiosos para oponerse a las feministas, a los movimientos por la diversidad sexual y a los DSyDR en general y defender  normas morales tradicionales, de origen religioso,  se realiza sin hacer referencia a lo sagrado, a Dios o a la doctrina oficial de una iglesia, sino utilizando argumentos que, más allá de su veracidad y calidad científica o racional, son exclusivamente seculares, no religiosos.

Ante el trabajo de incidencia y movilización que realizan el movimiento de mujeres y LGTBI para la aprobación de leyes y políticas que garanticen  los derechos sexuales y reproductivos de la población, estos grupos conservadores han desarrollado una intensa movilización y capacidad de incidencia.

Toman de los movimientos sociales sus formas de denuncia, movilización, propaganda e incidencia y formulan sus propuestas utilizando  lenguaje y conceptos de los defensores de DDHH, se autonombran defensores de  ”la vida”,  del derecho del “no nacido”, de “la familia”, es decir de bienes, que se consideran comunes y públicos, pero a través de los cuales promueven que es  más importante la vida del embrión que la de la mujer gestante, que la única familia posible es  la patriarcal y heterosexual y que los padres tienen la potestad de negar a sus hijas e hijos una educación afectiva sexual.

En su estrategia de retomar reivindicaciones de los movimientos sociales latinoamericanos, para intentar legitimar la agenda fundamentalista, estos grupos utilizan la fuerte identidad nacional o local de la población, para presentar su ataque a los derechos sexuales y reproductivos como oposición a la ”injerencia de países ricos para dominar a nuestros pueblos, impidiendo su crecimiento e imponiendo costumbres extranjeras”. Sin embargo, forman parte de redes internacionales dirigidas por instituciones religiosas y políticas. Los llamados movimientos “pro vida”, son las filiales nacionales de Vida Humana Internacional/Human Life International (HLI),  una organización con sede en USA, que trabaja contra la distribución de anticoncepción y se opone a la educación sexual, al aborto y las técnicas de reproducción asistida. Desde 1998 tiene una Oficina en Roma para colaborar con el Vaticano, en especial con la  Academia Pontificia para la Vida, fundada en 1994 por Karol Józef Wojtyła, que es un “tanque de pensamiento” vaticano, para estudiar los principales problemas relativos a la sexualidad, que entran en conflicto con la moral cristiana y las directivas del Magisterio de la Iglesia. Desde esta institución se elaboran los discursos argumentativos que utilizan los grupos fundamentalistas. Así mismo, es la promotora de la creación de Cátedras de Bioética en las Universidades Católicas y del Opus Dei, donde se forman con un enfoque fuertemente conservador, muchos de los profesionales que en los hospitales y otras instituciones tendrán la decisión sobre la aprobación de un aborto, la inseminación in vitro o las políticas de anticoncepción.

Por su parte las organizaciones fundamentalistas de origen evangélico, también tienen fuertes vínculos con redes internacionales, en especial con la Mayoría Moral y la Nueva Derecha Cristiana de USA, creadas por  fundamentalistas cristianos, que se convirtió en una  fuerza política  del ala más conservadora del Partido Republicano, con el objetivo de  apoyar las campañas electorales del Presidente Ronald Reagan y después de George Bush padre y George Bush hijo. Su agenda tiene entre sus objetivos  “liderar como cristianos  la batalla contra el aborto, que es un asesinato por encargo”,  “oponerse a la desintegración de la familia tradicional en América” y “a la promoción de los matrimonios homosexuales”.

En América Latina estos grupos fundamentalistas han desarrollado estrategias parlamentarias organizando al interior de los  órganos legislativos, bancadas y bloques ideológicos, ya existentes en Brasil, Costa Rica, Perú y México. Han controlado Comisiones legislativas de Derechos Humanos o de la Mujer, desde donde han impulsado legislación de apoyo a las propuestas fundamentalistas.

En el ámbito jurídico han promovido reformas constitucionales, para poner “candados” legislativos que impiden  la aprobación de futuras leyes a favor del matrimonio igualitario o la despenalización del aborto, inmovilizando el avance de los derechos.  Una estrategia similar la han utilizado para intentar revertir derechos ya alcanzados, presentando acciones de inconstitucionalidad, contra leyes que garantizaban derechos sexuales y reproductivos.

Para garantizar su hegemonía ideológica, los grupos fundamentalistas, están pretendiendo imponer la educación religiosa obligatoria en las escuelas públicas, como han hecho la Conferencia Episcopal Peruana y del Uruguay violando el carácter laico del Estado, a la vez que han frenado el derecho a educación e información sobre sexualidad. Ambos casos parecidos a lo ocurrido con el Manual de educación afectivo sexual “De adolescentes para adolescentes”, elaborado por los Ministerios de Educación y Salud de El Salvador y que fueron quemados en el año 2000, por orientación  del Obispo, sin importar que más del 32 % de embarazos en nuestro país sean de niñas y adolescentes.

En este contexto es también importante señalar que existen grupos de ciudadanos y ciudadanas que desde su opción religiosa promueven los derechos sexuales y reproductivos, como las Católicas por el Derecho a Decidir o Creyentes por la Ley Civil, grupo evangélico peruano que lucha por la unión civil de parejas del mismo sexo o teólogos y teólogas como Ivonne Guevara de Brasil, María López Vigíl de Nicaragua o Fray Julián Cruzalta de México, que elaboran un discurso alternativo que da cabida a los derechos sexuales y reproductivos dentro de la religiosidad.

Las diversas expresiones del fundamentalismo están permitiendo al capital ejercer su dominación no solo a través del control de  mecanismos políticos y económicos, sino incluso cuando pierde el dominio sobre algunos de  los poderes del Estado, mantiene un control social a través de la hegemonía ideologica que ejerce sobre toda la población que asume como único posible, al modelo neoliberal capitalista, ante cuyas consecuencias “la acción de los individuos es estéril  ya que nada puede cambiar sin la intervención de la divinidad”, apareciendo el individualismo y la competencia como única forma de mejorar su posición económica o de salvarse de la crisis.

En la actualidad, los fundamentalismos económicos y religiosos tienen un carácter hegemónico en amplios sectores de la sociedad centroamericana, suponiendo un freno a los avances emancipatorios, pues aunque en el ámbito político electoral los partidos progresistas reciban el apoyo a sus propuestas de gobierno y transformación social, el imaginario de la ciudadanía está fuertemente permeado por el modelo económico neoliberal y normas morales conservadoras generadoras de sumisión, providencialismo y represión de las propias libertades para un ejercicio libre y crítico del conocimiento y que reprimen la toma de decisiones sobre el propio cuerpo y la sexualidad.

La experiencia nos muestra que para poder avanzar en un pensamiento emancipatorio con proyección hegemonía, es necesario, por una parte recuperar  el carácter laico del Estado, no solo  garantizando la libertad de pensamiento y creencias, sino también la autonomía del Estado respecto al pensamiento religioso y las jerarquías eclesiásticas, para que no se pretendan imponer a través de las políticas públicas, las concepciones y normas morales específicas de una institución religiosa. Y esto  supone acciones, que ya desde la sociedad se están reivindicando, como garantizar el carácter laico de la educación, la aprobación de políticas públicas que garanticen los derechos sexuales y reproductivos de toda la población y una educación integral en sexualidad.

Y por otra parte desde los movimientos sociales y los partidos de izquierda  hay que asumir la batalla ideológica que supone  desarrollar un pensamiento que retome, de forma crítica y creadora, los mejores valores de los movimientos sociales que nos antecedieron, que incorpore las concepciones, valores y utopías del feminismo, uno de los movimientos sociales más radical, creativo y propositivo de las últimas décadas, así como del paradigma indígena del buen vivir, del ecologismo y los movimientos altermundistas que conciben la liberación de la humanidad en una sociedad alternativa a la neoliberal.

Ganar  a la mayoría de la población al convencimiento  de que otro mundo es posible, que entre las personas podemos recuperar una forma de relación basada en el respeto a las diferencias, la equidad, solidaridad y justicia, asumir la responsabilidad de garantizar la sostenibilidad de nuestro planeta para las generaciones que nos seguirán, son  el reto para construir una hegemonía liberadora para el conjunto de la sociedad a partir de las propuestas liberadoras de los diversos movimientos sociales y organizaciones políticas.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: