La necesidad de una ley de cultura y arte ( por Ricardo Roque Baldovinos)

5 Nov

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(Ponencia presentada ante la Comisión de Cultura y Educación de la Asamblea Legislativa que se llevó a cabo el día 29 de octubre de 2013 en el marco del foro para discutir el Proyecto de Ley de Cultura elaborado por el FMLN)

Ricardo Roque Baldovinos

I

La primera dificultad es que el “concepto de cultura” parece ser demasiado vago y elusivo. En algunas acepciones, es demasiado restringido y pareciera remitirnos a algunas actividades como las artes que por ser de práctica de participación muy minoritaria podrían verse como un lujo, como algo que difícilmente puede considerarse prioritario frente a las ingentes necesidades del país. En otras, como en el concepto antropológico, la cultura se amplía tanto que comienza a abarcar el espectro de toda la actividad humana. Lo cual tiene la ventaja de la inclusión pero se vuelve tan poco específico, habría una cultura de la violencia, una cultura del emprendedurismo, que no hay por donde agarrarla.

Me imagino que esto para el legislador puede ser desconcertante, pues pareciera que nos estamos remitiendo a un ámbito imposible de definir y, en consecuencia, de normar. En el mejor de los casos, la cultura podría abordarse como una especie de eje transversal a considerarse en legislaciones específicas para los ámbitos de educación, economía, comunicación social. En el peor, la cultura sería algo tan imprevisible y espontáneo que no valdría la pena regular. Conceptos elusivos como el de cultura o bien evidencian deficiencia de reflexión, problemas que los hemos pensado mal, o bien apuntan a realidades complejas e importantes, de allí los problemas para abarcarlas. Creo que estamos ante el segundo caso. En eso que tentativamente llamamos cultura se juega algo trascendental para la vida de las sociedades.

En lo que sigue de la reflexión voy a tratar, en un primer momento, de explicar qué está en juego en la “cultura”. Yendo un poco a contracorriente, después de aceptar una definición amplia, antropológica de cultura, defenderé también por qué el arte juega un papel fundamental como matriz de la cultura libre y emancipadora debe ser el fin de las políticas públicas. En un segundo momento, haré un recuento de los distintos modelos de políticas culturales de sus logros y sus alcances, para esbozar cuáles son los retos más notables.

II

No los cansaré haciendo una historia del concepto de cultura, tema por lo demás fascinante, pero que nos distraería del propósito que aquí nos reúne. Bastará decir que la acepción más difundida que define, a grandes rasgos, un patrimonio de una comunidad y que reclama un especial cuidado, es relativamente reciente. De alrededor del siglo XVIII cuando deja de ser una metáfora agrícola que nos remitía a la formación intelectual o moral, que era la acepción que venía desde la antigüedad. De esta forma el concepto de cultura está íntimamente ligado a la modernidad y sus paradojas.

Y desde esos primeros momentos vemos operando dos concepciones, una amplia y antropológica, y una restringida, autónoma, que más que contradictorias son complementarias. Y por allí, es por donde quiero comenzar, afirmando que estas dimensiones de la cultura, la antropológica y la autónoma se suponen mutuamente[1]. A partir de entonces se consolida la convicción de que el mundo social es creación de la acción de los humanos y no de la voluntad inescrutable de Dios o del operar ciego de la Naturaleza. Somos pues sociedades de cultura y la sociedad así comprendida, también se plantea como perfectible, pues el ser humano puede hacerse cargo de ella y orientar su acción en pro de su mejora. Las sociedades de cultura se realizan entonces en ese tiempo particular que es la historia, el escenario de la acción colectiva humana donde se acumulan experiencias que se transmiten a lo largo de generaciones. Esto es, a menudo, un proceso del que no somos conscientes. Pero por ser acción humana, son procesos perfectibles. Los humanos pueden actuar sobre esta “cultura” y mejorarla en el futuro.

De esa paradoja derivan pues las dos dimensiones antes mencionadas. La dimensión antropológica, global, nos permite dar cuenta del impacto del accionar humano aún en sus manifestaciones más nimias y aparentemente intrascendentes. Los seres humanos creamos cosas, pero lo hacemos porque antes que nada somos creadores de sentidos, significaciones, valores. Esta es la perspectiva cultural sobre lo humano, verlo en tanto creación de sentidos. Por eso es que la cultura es tan plástica y en ciertas ocasiones puede ser hasta portátil, como el caso del mito de Robinson Crusoe o, si queremos un ejemplo más cercano, el de nuestros compatriotas emigrantes que recrean el país en tierras lejanas echando mano principalmente de su memoria e imaginación. Precisamente han sido los antropólogos, y más recientemente los historiadores de las mentalidades, quienes nos han enseñado que aquello de lo que somos menos conscientes es a la larga lo que nos marca más profundamente, en un sentido negativo o positivo.

Pero como hemos afirmado, el ser humano tiene capacidad de hacerse cargo de esos condicionamientos culturales, de idear espacios desde donde incidir en esa acumulación en tanto que sujetos libres, racionales pero también creativos y críticos. Aquí es donde entran en juego ciertos espacios culturales que se han instituido en las sociedades modernas tales como las ciencias y las artes. Las ciencias encarnan el principio de la razón en la aspiración de un sujeto impersonal que trasciende las limitaciones de los sentidos y las necesidades de sobrevivencia más inmediatas. Las artes, por su parte, son el opuesto complementario, al convertirse en el espacio en que nos afirmamos como sujetos libres capaces de alcanzar otra dimensión de la verdad por los sentidos y la imaginación.

Creo que nadie, en su sano juicio, se atrevería a poner en duda, la importancia de las ciencias y la necesidad de su fomento, aun cuando en muchos casos en nuestro país no reciben la atención y recursos que deberían. Otra es la realidad del arte. Con frecuencia lo asociamos al lujo, a la decoración, a una libertad que no prohíbe la necesidad que pareciera definir nuestra condición nacional permanente.

Esta percepción deriva de que tenemos una percepción errada de lo que es el arte. De creer que se refiere a cierto tipo de obras excelsas, de consumo minoritario. Esto es lo que en cierto sentido heredamos del paradigma tradicional de las llamadas Bellas Artes, que eran el cultivo de ciertas habilidades y destrezas que habilitaban a una minoría a cumplir su rol de dirección sobre el resto de la colectividad que permanecía excluida de ese ámbito especial. Esto parece claramente incompatible con la democracia y no es casualidad que en muchas ocasiones para bien o para mal se haya definido al arte como la aristocracia del espíritu.

En realidad, el arte moderno, la concepción que rompe con los modelos clásicos como resultado del impacto de las grandes revoluciones democráticas del siglo XVIII y el siglo XIX sobre el espíritu humano, tiene una radicalidad que no ha sido suficientemente apreciada. Tomemos como ejemplo una institución que es a menudo denostada como elitista, pero que en los últimos años parece indisolublemente ligada a las aspiraciones democráticas. Me refiero al museo. El museo como tal nace cuando las colecciones privadas de los reyes se abren al pueblo luego de la revolución francesa. Este es el origen por cierto, del Louvre, esa catedral de la alta cultura europea. Ese gesto fundacional olvidado es trascendental en varios sentidos y permanece entre nosotros. En primer lugar, este nuevo museo inaugura al pueblo como autor y destinatario último de las grandes creaciones de la humanidad. Estas ya no propiedad para el disfrute de los poderosos.

En segundo lugar, las piezas del museo se disponen para ser contempladas de una manera distinta, ya no como expresión del esplendor de los poderosos o como manifestaciones de ideas morales o religiosas en base a preceptivas. Las piezas del museo son testimonio del trabajo colectivo de generaciones anteriores que se muestran para que el público las goce estéticamente, a un nuevo tipo de inteligencia. El museo y el arte moderno inauguran un espacio de sensibilidad democrático. Donde la fundamental ya no es el pensamiento identificado exclusivamente a la razón, sino un nuevo tipo de pensamiento, el pensamiento estético, donde aparece asociado a la sensibilidad. Es la posibilidad de acceder a la verdad al que tenemos todos por estar dotados de imaginación, que es el nombre que recibe esta facultad de ligar pensamiento y sensación. Es una idea radical, porque recordemos que una de la principales justificaciones para justificar el dominio y la desigualdad era precisamente la jerarquía entre personas de razón (los hombres de razón) y personas de sensibilidad (las mujeres, los niños, los trabajadores incultos).

El arte así visto excede con muchos las “Bellas Artes” y abarca o, cuando menos, está relacionado con otra serie de expresiones culturales que tienen que ver con este ejercicio libre de la sensibilidad y la imaginación. El espacio donde el pueblo es el máximo creador y destinatario del hacer colectivo. Es, en este sentido, que debe ser entendida la Cultura como un espacio que debe recibir el apoyo y la protección del estado, es decir como objeto de una legislación. Como ese espacio de libertad en que los seres humanos se hacen cargo de sus poderes creativos y los ponen en la tarea de imaginar y crear un mundo mejor. Es algo que realizan los espacios conocidos tradicionalmente como las artes, pero también lo llevan a cabo las ciencias y toda una gama de expresiones culturales populares.

Tal como están organizadas nuestras sociedades, donde imperan otras urgencias y necesidades, estos espacios libres de la cultura no se reproducen automáticamente. Necesitan de la intervención pública no tanto para que el estado las asuma, sino para proporcionar los espacios y herramientas que permiten a los ciudadanos convertirse en agentes culturales plenos en un proceso de diálogo e intercambio permanente.

El cuido de la cultura y las artes ha tenido resultados positivos en otras partes del mundo. En un sentido más pragmático, podemos decir con George Yúdice que la cultura se ha convertido en un “recurso” pues son generadores de valor político y económico. El creciente peso de industrias culturales como el turismo afirman esta tendencia y la utilidad de una política cultural. Pero las políticas culturales deben tener una meta más ambiciosa. La ONU afirma que la cultura no es un lujo sino un derecho humano porque es fundamental en la formación de una ciudadanía libre, creativa y emprendedora, pero también con un sentido fuerte de solidaridad y responsabilidad colectiva, capaz de asumir plenamente el reto de su futuro.

III

Pasaremos entonces a hacer un breve recuento de las políticas culturales en nuestro  país, de sus logros y sus alcances. En El Salvador, la atención que ha recibido el sector cultural ha sido deficiente. La tendencia de los gobiernos desde la independencia hasta entrado el siglo XX fue identificar el progreso con la incorporación al mercado mundial. Y todo lo demás quedaba en segundo término. Por añadidura, nuestra condición neocolonial nos marcaba a identificar cultura con la imitación de las formas culturales de los países industrializados. Las políticas culturales se redujeron a financiar espacios de difusión de una cultura cosmopolita de antemano definida para el disfrute exclusive de una minoría y con algunas expresiones de mecenazgo: el pago de becas para que jóvenes talentosos estudiaran bellas artes en el extranjero, sin preocuparse mínimamente de las condiciones para hacer efectiva su contribución a su regreso (Alberto Imery, Valentín Estrada, José Mejía Vides) o al subsidio de algunas instituciones de formación artística (Escuela de Artes Gráficas, la Academia de Pintura de Valero Lecha, Momentos Escénicos de Gerardo de Nieva) sin preocuparse tampoco de cómo se insertarían los graduados en la vida nacional. El caso más dramático de esta falta visión fue el de Valentín Estrada quien luego de haber estudiado escultura en España e Italia, regresó al país para mal sobrevivir y terminó sus días en aguda pobreza.

La situación cambió notablemente en la década de 1950. A raíz del movimiento de 1948, el paradigma de conducción nacional pasó del “progreso” al “desarrollo”. Ya no era suficiente la mera integración al mercado internacional, el estado tenía que tomar un papel más activo en el cuidado de la población, en incubar las condiciones necesarias para la “modernización”. Dentro del dramático crecimiento del entramado institucional del estado (red de salud, red de obras públicas, educación pública) se creó la primera infraestructura cultural en el país. Fue el trabajo visionario de personajes como Reynaldo Galindo Pohl, Raúl Contreras, Ricardo Trigueros de León y Hugo Lindo, entre otros. Raúl Contreras fundó la Dirección de Bellas Artes, el estado otorgó presupuesto, recursos y personal para formar instituciones como la Escuela de Danza, la Sala Nacional de Exposiciones, el Departamento Editorial del Ministerio de Cultura (que luego se transformaría en la Dirección de Publicaciones), la Academia de Bellas Artes, El Conservatorio Nacional, la Escuela y el Elenco de Teatro, etc… Algunos de estos espacios todavía existen, otros se transformaron, pero fueron un impulso importante. Sin embargo, esta propuesta adolecía de limitaciones. En primer lugar, su concepción era bastante elitista y eurocéntrica. La cultura se concebía principalmente como el arte que irradiaba de las metrópolis y tendía a minusvalorar las expresiones culturales propias y populares, o se las limitaba a expresiones útiles como las artesanías para el sector turismo. En segundo lugar, había una cierta vaguedad en sus alcances, se pensaba que la difusión artística por sí misma, sin pensar en serio la creación de públicos, la profesionalización de los artistas o el fomento de industrias culturales. A esto se le agregó una tercera limitación, la falta de una institucionalidad sólida que permitiera continuidad. Muchas de estas iniciativas dependieron en exceso de las iniciativas de personalidades comprometidas y carismáticas, por consecuencia, su retiro significó a menudo el colapso del proyecto.

Otro momento importante en la historia de las políticas culturales del país, fue la reingeniería de este aparato durante la administración de Walter Béneke, el Ministro de Educación del General Sánchez Hernández. Este fue el momento en que se crearon instituciones como el CENAR, la red de casas de la Cultura, la Televisión Educativa, etc… Su novedad era que tenía una vocación de masificación, de inclusión de las expresiones culturales populares y de receptividad hacia el mundo juvenil. Fue una apuesta en grande que cometió errores (como la disolución de los espacios de formación de Educación Superior y su transformación a espacios de Educación Media como el Bachillerato en Artes) pero fue una apuesta interesante por democratizar la cultura y las artes que dio frutos notables, como el vertiginoso movimiento teatral de la década de 1960. Este impulso se estrelló con el cierre de espacios definitivo de espacios democráticos y el estallido del conflicto armado, pero de haber tenido continuidad seguramente habría dado resultados importantes para el desarrollo artístico y cultural de nuestro país.

Durante el conflicto bélico estos espacios se descuidaron por razones obvias. Algunos, como la Televisión Educativa, se desnaturalizaron al perder su perfil cultural y convertirse en una especie de órgano de propaganda oficial.

Los Acuerdos de Paz ofrecieron la posibilidad de hacer del terreno cultural un espacio de reconciliación y de reencuentro de los salvadoreños con el futuro. Por distintas razones, este potencial no se aprovechó. Si bien se dedicaron algunos recursos a poner a reflotar la maltrecha infraestructura cultural oficial, la cultura ha distado mucho de ser considerada una prioridad.

En la actualidad, hay grandes faltas que una ley de cultura debe intentar satisfacer. Podríamos mencionar las más importantes:

1. La construcción de un marco conceptual y legal que defina la acción cultural y su importancia estratégica para el desarrollo nacional. Esto implica su vinculación orgánica con otros ámbitos fundamentales de la vida nacional: educación, turismo, economía, etc…

2. Asegurar la protección del patrimonio cultural tanto tangible e intangible, como recurso que le pertenece a la población y que le abre posibilidades de desarrollo. Deterioro alarmante y descuido del patrimonio nacional.

3. Garantizar a la población una oferta cultural accesible y de calidad.

4. La formación cultural y artística de la población en todos sus niveles. Esto no significa que el estado debe hacerse cargo de todo, pero sí comprometerse en que estas disponibilidades estén disponibles para la población.

5. El fomento de la investigación sobre la cultura nacional, a todo nivel, tanto de divulgación como científico.

Es hora de darle la cultura el lugar que se merece como derecho humano fundamental y reconocimiento de la potencia creativa del ser humano. En la cultura se juega precisamente nuestra capacidad de imaginarnos y construir un futuro para nuestro país. Este es el gran reto pendiente. La cultura es indicador de la importancia que un estado le da a su población como fuerza libre, creativa y protagonista de su historia. La cultura debe ser nuestra gran obra de creación colectiva.

Muchas gracias.

San Salvador, 29 de octubre de 2013. Hotel Princess, Foro de la Ley de Arte y Cultura, patrocinado por la Asamblea Legislativa.


[1] “The society of culture: the constitution of modernity” en Gillian Robinson y John Rundell (eds.), Rethinking Imagination: Culture and Creativity, Londres y Nueva York, Routledge, 1994.

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